Algunas palabras

Alberto Barrera Tyszka

Publicado en El Nacional

16 de agosto de 2009

Una diputada propone al líder de su partido político como materia de estudio, oficial y obligatoria, para todos los jóvenes de un país.

Esta semana, con una feroz exactitud, Mariano Herrera le ha recordado al país que el lenguaje también es un espacio para las revelaciones.

En las 9.114 palabras sobre las que se construye la propuesta para una nueva ley orgánica de educación, la palabra “escuela” sólo aparece mencionada 9 veces. La palabra “aprendizaje”, 5. La palabra “enseñanza”, 3. ¿De qué estamos hablando? Si tomáramos esto como un indicador, fácilmente podríamos creer que lo que se debate en la Asamblea Nacional es una regulación para el uso de la cagarruta de chivo, como abono animal, en el norte del estado Lara.

Esta ausencia en el vocabulario puede ser una síntesis puntual. Estamos ante una propuesta de ley a la que le falta escuela, aprendizaje, enseñanza. Es, también, una metáfora luminosa de un poder que, desde hace tiempo, se ha empeñado en utilizar la legalidad como instrumento de control y de dominación.

Esta misma semana, a propósito de su nuevo arrebato bélico con Colombia, el Presidente también nos regaló otro buen ejemplo: instó a sus seguidores a vigilar las gobernaciones administradas por la oposición y amenazó con “reducirlas”, a través de “las leyes”, aclaró, por supuesto. En ese híbrido del idioma parece respirar la vocación autoritaria que ha entendido que en el siglo XXI los golpes militares deben ser más bien golpes legales. Se ahorra sangre y escándalo. Se gana reconocimiento, legitimidad. Sólo es necesario organizar y distribuir la violencia de otra manera. Los procedimientos de la represión también son dialécticos, también varían: ahora se puede lograr con leyes lo que antes se lograba con un paredón de fusilamiento.

Continuemos persiguiendo palabras. Hace unos años, la diputada María de Queipo propuso incorporar a la educación secundaria algunos discursos del Presidente. En febrero de 2007, defendía así su posición: “El proceso histórico que vivimos tiene que ser objeto de análisis. En el centro de ese análisis está el Presidente. Él lidera un proceso histórico en el país y sus ideas son un sujeto de análisis. Él forma parte de la historia de Venezuela. Yo dije que hay que estudiar el pensamiento de Chávez en las escuelas, en las misiones. No es un problema de gustos personales, sino histórico”.

No creo que valga la pena debatir si el Presidente tiene o no ideas realmente propias, si en verdad ha construido o no un pensamiento particular. Me resulta mucho más interesante ponderar el razonamiento de quien es, hoy, una de las principales voceras de esta propuesta de ley en la Asamblea Nacional. Ella representa el sentido de la discrecionalidad que nos ofrece el Gobierno. De eso se trata. De hacernos creer que su posición personal, que sus intereses particulares, son un asunto de Estado, una urgencia nacional.

En dos líneas: una diputada propone al líder de su partido político como materia de estudio, oficial y obligatoria, para todos los jóvenes de un país. En esta frase caben las dudas que usted tenga sobre la nueva ley orgánica de educación.

La apariencia de la legalidad es más importante que la legalidad misma.

Este podría ser el lema del Gobierno.

Una última referencia al lenguaje. Sospecho que la expresión “hacerse el loco” guarda más de un estrecho vínculo con la venezolanidad. Retrata muy bien nuestra pulsión elusiva, la tentación por distraernos, por obviar, por tratar de ausentarnos de la realidad, con la cándida ilusión de que la realidad pase sin rasguñarnos demasiado. Es, en general, lo que hemos estado haciendo ante este golpe legal que después de la derrota electoral de diciembre de 2007 ha venido implementando el Gobierno. Es una forma de evitar la angustia y el conflicto, la urgente necesidad de cambiar, de reaccionar. Quizás ya no sea tan fácil “hacerse los locos” con los hijos.

Esto no es una dictadura.

Pero tenemos que estar, día a día, impidiendo que lo sea.

Vivimos a la defensiva. Recordándole al Gobierno que somos plurales, felizmente distintos; que no deseamos que el país sea un cuartel.

Vivimos a pulso. Cotidianamente. Diciéndole al Gobierno que no se puede quedar con todo, que lo elegimos para administrar los bienes públicos y no para robarse la historia. En esta práctica ciudadana, en el fondo, hay también más aprendizaje y más enseñanza que en ese proyecto legal que pretende ahora uniformar el pensamiento y crear todavía más mecanismos de control. Algunas palabras no están en la ley, pero sí están en la calle. Esa es la primera escuela que queremos para nuestros hijos: la experiencia

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